La inversión de grafías, escribir las letras y los números al revés, es un error escolar en el inicio de la lectoescritura. Su evolución, a nivel motriz, espacial y gráfico, normalmente es positiva. Para ello, lo trabajas en y desde la escuela.
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Estaba preparando unas actividades específicas en este sentido y reflexionaba, a raíz de una conversación este viernes entre las maestras, sobre la grafía, la caligrafía y la expresión escrita de nuestros alumnos. Qué pretendemos realmente al trabajar la escritura: ¿queremos formar buenos escribanos o buenos escritores?
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Recordaba mi tercero de Magisterio. Ese curso, me trasladé a Madrid. Recuerdo la emoción de sentir que estaba en la capital y, que estudiando allí, sería todo como más pedagógico... Qué idiotez más grande. Mi primera sorpresa fue su plan de estudios, más antiguo que el de Zaragoza. En una de las asignaturas sobre Didáctica, tuve que entregar cien tiras de cinco centímetros de ancho de muestras en cursiva con frases educativas. Ejercitábamos la típica letra de maestro. Entonces, me pareció un horror y una actividad antipedagógica. Defendía que lo importante era hacerse entender y, que el material, el soporte o la grafía que emplearas, aunque fuera una convicción social, era secundario.
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Hoy, por muchas razones y que no voy a profudizar ahora, como mi visión sobre la formación actual del Magisterio, el acceso a la plaza de trabajo, de la escuela “burrócrata”, de las nuevas tecnologías, de mi ilusión educativa y social y, principalmente, por la formación, la experiencia de mis compañeras y la propia, sigo pensando casi lo mismo, con un gran matiz: lo importante es hacerse entender pero siempre que el maestro se haya apropiado antes, y así lo enseñe, de las técnicas de escritura y del dominio de las grafías y la ortografía (aunque se pueda cometer algún error, empezando por una misma)
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No buscamos desde la escuela, letras de artesanía, más bien, que lo escrito sea inteligible.
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Pensaba ahora en el Reglamento General de 1821 en el que se ordenaba la creación de las escuelas primarias. En ellas se enseñaría a “leer con sentido, escribir con claridad y buena ortografía”. Sigue vigente ¿no?, con todo lo que curricularmente debamos añadir en el 2009, escrito en más de una ocasión aquí, pero cuyos objetivos priorizo y resumo personalmente en dos: el primero, que nuestros alumnos disfruten aprendiendo, experimentando, y dos, ayudando, animando desde la escuela, a que sean creativos, solidarios y críticos.
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Mucho para unos, nada para otros. Lo sé, para mí mucho, sobre todo, cuando hay jornadas, en que nos daríamos con un cantico en los dientes, si por lo menos se consiguiera ese “leer con sentido” o que fueran solidarios...
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No estoy pesimista. No, en serio, pero me preocupa cuando tantas veces vienen a consultar los alumnos eso de “no entiendo lo que hay que hacer aquí”... Si se lo lees en voz alta, ya lo entienden. ¿Qué o quien nos falla? ¿Cómo conseguir esos mínimos objetivos educativos?
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Y nosotros, los adultos, igual. ¿Por qué preferimos preguntar a leer por nosotros mismos la información? Pensar, cuando vamos al cine por ejemplo, y aunque leamos los títulos de las películas, las salas y los horarios, preguntamos esa información al pedir nuestras entradas, ¡como si no supiéramos leer!
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Casi todo se enseña ¿no?
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En fin. Eso y más, estuvimos reflexionando este viernes las maestras de mi escuela, y os aseguro, que compartir con mis compañeras nuestra teoría y nuestra práctica, con respeto, con razones, es lo que más me enriquece y ayuda, haciendo que sea uno de esos momentos, en los que me siento muy orgullosa de mi profesión.
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Atrás queda, la enseñanza de cómo cortar la pluma del ala derecha de las aves, el asirla como si se abrazara por igual con los tres dedos de la mano o te ataban los dedos a ella, como en esta foto, sacada de un manual de Caligrafía del siglo XIX. Así era nuestra escuela. Me encanta no olvidarlo (pincha en la foto para ampliarla)
Ahora, seguiré trabajando en esas actividades de inversión de grafías que me han llevado a esta entrada.
Buena semana.